LA RABIA BLANCA ENTRE NOSOTROS

Por Julio Burdman

Está pasando en muchas partes. Por lo menos, allí donde viven muchas personas de ascendencia europea. Los “blancos” de la tierra. “Occidente” es otra definición imprecisa y controversial, pero que todos entendemos. En casi todos estos estados hay al menos un partido político que moviliza una gran cantidad de votantes agitando mensajes de exclusión, odio y diferenciación. En Estados Unidos y Hungría, esos partidos ganaron elecciones; en la mayoría de los países europeos, sumaron más apoyo y más bancas. Este fenómeno identitario, que se viene gestando desde hace años, ya está muy extendido por el mundo como para analizarlo solo a partir de las particularidades de cada caso. Y ahora llegó a América del Sur. Hay dos casos concretos, que materializan el fenómeno: el 8% que obtuvo José Antonio Kast en las elecciones presidenciales del 19 de noviembre en Chile,  y el 17% de intención de voto que tendría, según algunas encuestas, el precandidato Jair Bolsonaro en Brasil.

Kast y Bolsonaro tiene algunas características relativamente novedosas. Como ocurre con todo fenómeno político, ambos registran antecedentes y se inscriben en tradiciones. Pero hasta ahora, no tuvimos presidenciables que reivindicasen abiertamente a las dictaduras militares, propongan medidas antiinmigración, y seduzcan a su electorado a partir de consignas racistas y de odio a todo aquello que rechazan (los gays, la ideología de género, el ateísmo, los indígenas o los habitantes de países vecinos). ¿Que todo esto ya estaba, en algún lado? Puede ser, pero solapado. Contenido por la democracia. No formaba parte de la acción política. Todo este conjunto constituye extremismo político porque implica una ruptura con los consensos más básicos de la democratización: pluralismo político, tolerancia, rechazo del autoritarismo y el militarismo, fraternidad regional, derechos humanos. Nuestros derechistas “de antes”, aún con sus ambigüedades y dobles discursos, pretendían estar alineados con el pacto democrático. Y en muchos casos, sin dudas lo estaban. Con lo que el politólogo Marcelo Leiras denomina el “consenso alfonsinista”. Lo nuevo, lo que nunca había pasado tan ostensiblemente, es la oferta política desafiante de ese consenso.

Así como el consenso democrático se vio favorecido –sino impulsado- por un clima transnacional, tema sobre el que han escrito Aníbal Pérez Liñán y otros, esta vez el clima pareciera operar en sentido contrario. Tanto Kast como Bolsonaro, en entrevistas a la prensa, admitieron que si fueran estadounidenses hubieran votado por Trump. Por momentos, parecen imitadores de los ultraderechistas de Europa y Estados Unidos. Lo cual, por un lado, facilita su identificación. Y por el otro, la vuelve más compleja. Porque nos remiten a categorías y coyunturas a las que no estábamos acostumbrados.

¿De qué se trata, entonces, esta rabia blanca en nuestro barrio? En este breve texto no pretendemos explicar este complejo fenómeno; aspiramos solo a plantear algunas ideas. Hay diferentes formas de abordarlo: la globalización, la economía, el multiculturalismo, y los miedos a todos esos cambios. No se pueden trasladar mecánicamente las categorías del siglo XX, ni aquí ni en Europa, porque estos nuevos políticos ultraderechistas no son todos nazis, ni tienen votantes con demasiada idea acerca de lo que ocurrió en la segunda guerra mundial. Ni tanto interés por la historia. Pero es difícil pasar por alto, lamentablemente, la cuestión racista. Tanto Kast como Bolsonaro son blancos de piel, tienen votantes que son blancos de piel, y transpiran racismo contra sus propios compatriotas. Eso pone un claro límite a su crecimiento electoral, porque apelan a un universo reducido en nuestra América latina. Pero eso los emparenta al fenómeno occidental, más allá de nuestras lecturas locales.

Ahora bien, si esto pasa en casi toda Europa, de donde vienen muchas de nuestras tradiciones; en Estados Unidos, de donde copiamos buena parte de nuestras instituciones, y en los países vecinos con los que nos comparamos diariamente, ¿cómo vamos a evitar que llegue acá? ¿O acaso ya llegó? No es agradable hablar del tema, pero es necesario.

No tenemos, en Argentina, ni Kasts ni Bolsonaros. Leiras dice: los partidarios del orden 1955 – 1983 hoy tienen un partido político, que es Cambiemos. Juan Carlos Torre, en un ciclo de debates organizado por la Universidad de San Andrés, lo contiene: dice que Cambiemos es un partido de “centro popular”, siguiendo la clasificación de Pablo Gerchunoff, y que la democracia argentina tiene suficientes anticuerpos como para evitar que los ultraderechistas desatados tengan un lugar en la política. ¿Y los votantes? ¿Acaso Cambiemos, como en otra época el peronismo, va a absorber a sus propios extremistas, y exorcizarlos?

Un análisis necesario, aún cuando nuestro sistema partidario no produzca aún Kasts ni Bolsonaros, es estudiar en qué medida hay en la sociedad un caldo de cultivo para fenómenos de estas características.  Quienes estudian empíricamente a los extremismos políticos advierten, en general, que no hay forma de usar parámetros internacionales. El famoso “political compass”, que todo usuario de Facebook completó alguna vez, está basado en controversias estadounidenses y no se aplica a nuestra cultura política. La solución, entonces, pasa por mirar con afán comparativo lo que se ha hecho en otros países para analizar el preocupante fenómeno de la ultraderechización social, y al mismo tiempo identificar nuestros propios ejes de controversia. Para poder establecer y medir qué está adentro de nuestro “consenso alfonsinista”, y qué se sale de él. Se me ocurren, por lo menos, cinco variables: i. la negación de que hubo terrorismo de Estado en Argentina (quienes discuten la veracidad de los 30 mil desaparecidos ya podrían estar indicando una salida del consenso), ii. la minimización del estado de derecho (por ejemplo, justificar la decisión de encarcelar presuntos culpables a pesar de la falta de condena judicial), iii. el antipopulismo (creer que los partidos populistas son patológicos y por lo tanto deben ser excluidos de la democracia), iv. la desconfianza de política social (la actitud de rechazo a la distribución de subsidios y planes sociales, y de discriminación a sus recipiendarios) y v. la inmigración (estar convencido de que los inmigrantes de países limítrofes generan costos y son proclives al delito, y por ende el estado debe bloquearles el ingreso al país). Tal vez, a partir de esos elementos podamos definir qué significa ser extremista de derecha en la Argentina de hoy.

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