ENTREVISTA A LA POLITÓLOGA CHANTAL MOUFFE

Por Sebastián Cruz Barbosa

Entrevista a la Politóloga Chantal Mouffe. ¿Qué democracia para un mundo agonista multipolar? Entrevista realizada en la sede de la Federación Nacional de Docentes Universitarios, CONADU.

Chantal Mouffe es actualmente una de las más prestigiosas intelectuales dentro de la Teoría Política Contemporánea, particularmente del campo teórico denominado Posestructuralismo”. Se formó en la Universidad Católica de Louvaine y se especializó en las universidades de París y Essex. Actualmente se desempeña como profesora de Teoría Política Contemporánea en el Centro de Estudios de la Democracia en la Universidad de Westminster en Londres. Ha sido editora de volúmenes colectivos destacados dentro de su campo de estudio como Gramsci y la Teoría Marxista (1979); Dimensiones de la Democracia Radical. Pluralismo, Ciudadanía, Comunidad (1992); Deconstrucción y Pragmatismo (1998), y de El cambio de Carl Schmitt (1999). Es autora individual de El retorno de lo Político (1993); La paradoja democrática (2003) y de En torno a lo político (2005). Ha sido coautora con Ernesto Laclau de una de las obras más influyentes de la Teoría Política Contemporánea como fue Hegemonía y estrategia socialista (1985) y reeditado en el año (2004). Recientemente la politóloga ha publicado el libro Agonística. Pensar el mundo políticamente.

 

¿Cuáles son los aspectos centrales que destacaría de Agonística y de las implicancias para el desarrollo de democracias más plurales?

Agonística pone en consideración lo que considero central en el campo de la política democrática, que es, la categoría de adversario político. El adversario es aquel que es un oponente con el que discrepamos pero con quien compartimos una lealtad que nos es común, por los principios democráticos del liberalismo político (poco cumplidos) de libertad e igualdad para todos, aunque podamos efectivamente discrepar de las interpretaciones.

La posibilidad de confrontación de posiciones políticas democráticas es un requisito básico de una democracia plural, en tanto si esto no fuera posible, se daría el peligro de reemplazar la lógica de la confrontación adversarial por la confrontación en lo que yo llamo valores morales no negociables.

Usted ha desarrollado un abordaje teórico enmarcado en las denominadas democracias liberales plurales. Específicamente, se ha referido a la necesidad de un mundo multipolar que de alguna manera posibilite que los conflictos adopten una forma Agonista, es decir en términos de adversarios políticos y que evite el desarrollo de conflictos antagónicos. ¿Qué enseñanzas se podrían desagregar de esta idea para el campo de las relaciones internacionales?

En Agonística, en realidad lo que estoy intentando hacer es la posibilidad de desarrollar un abordaje teórico político, preguntarme por la posible relevancia del enfoque agonístico que he desarrollado en otros trabajos a nivel internacional. Quisiera aclarar que siempre en toda mi reflexión he intentado mantener un vínculo entre lo político y lo teórico. No me interesa desarrollar ideas de teoría política a nivel abstracto. La idea es que la teoría nos ayude a entender el mundo y ver cómo podemos transformarlo. Esa era nuestra motivación principal cuando escribimos junto con Ernesto Laclau Hegemonía y estrategia socialista. La pregunta que nos motivó – se hablaba en ese momento de la crisis del marxismo, de la izquierda – era el desafío de entender el mundo y en él, el desarrollo de los nuevos movimientos sociales.

Después de 1968 emergen nuevas formas de lucha, antagonismos que no podían ser expresados a través del enfoque de clases sociales. Al no poder entender la especificidad de esas demandas no era posible desarrollar una política que atendiera esos reclamos. Esa era la preocupación fundamental de Hegemonía… Ese era el aspecto político.

Por otro lado, para entender esas nuevas demandas sociales tuvimos que movilizar todo un aparato teórico. Porque una perspectiva esencialista, de reduccionismo de clase, no podía responder esas inquietudes. Pusimos en contacto la tradición posestructuralista con Gramsci y llegamos al último capítulo de ese libro (Hegemonía y estrategia socialista) donde propusimos que había que reformular el proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia.

Posteriormente comencé a desarrollar la cuestión del agonismo y comencé a preguntarme, para que fuera posible esta estrategia de radicalización democrática, ¿cómo es que hay entender el funcionamiento de la democracia? Comencé a interesarme por los modelos de democracia de la Ciencia Política, de la teoría política. Los modelos agregativos de la democracia dominante en Ciencia Política. Para éste, tenemos individuos que tienen sus intereses, y en función de ello, llevan a cabo sus acciones. También el modelo deliberativo de Jurgen Habermas. Pero creí que con esos modelos no se podía pensar la radicalización de la democracia. En el modelo racionalista no había lugar para el antagonismo. Eran modelos individualistas y no trataban con sujetos colectivos, que es un supuesto de nuestro trabajo. Tratamos con sujetos colectivos. Para crear un nosotros necesitamos crear un ellos. Agonística es la posibilidad de pensar el antagonismo, las pasiones, la movilización afectiva.

Comencé también a interesarme por la crítica al liberalismo político de Carl Schmitt. El modelo agonista supone pensar la democracia moderna con y en contra de Schmitt. Porque su modelo tiene que ver con la dimensión antagonista de la política. Pero yo no estaba de acuerdo con las consecuencias de la imposibilidad de una democracia pluralista. Mi propuesta es que el antagonismo puede manifestarse de otra manera. Podemos darle una forma que no sea la guerra civil. Mi concepción del adversario no es la dimensión del adversario competidor del liberalismo. Que proviene de la teoría de las elites de poder.

Hay una diferencia cuando se imagina la relevancia del modelo agonista a nivel internacional y doméstico. Que es que uno puede imaginar a nivel local, regional, una asociación política que tenga como base un conflicto consensual. Decir que hay una forma de aceptación de unos valores políticos. Puedo pensar todo eso a nivel de América del Sur. Toda esa integración regional se puede hacer sobre la base de valores compartidos. Y también a nivel de la Unión Europea. Pero no podríamos pensar eso a nivel de una comunidad política internacional porque yo centro mi crítica al cosmopolitismo de manera clara y central. Agonística trata de ver la democracia a nivel de una asociación política. A nivel internacional, sostengo al igual que Carl Schmitt, que el mundo es un pluriverso, no un universo. La teoría política occidental consiste en probar que el modelo de universalismo existe, es el más racional, más formal y tiene que ser aceptado e impuesto a todo el mundo. Eso es muy problemático, porque creo responde a una tradición judeo cristiana y se puede dar en un contexto específico como en Europa, aunque hay que radicalizarlo. Pero no se puede exigir lo mismo para África, o China, por ejemplo. La idea es que la democracia puede pensarse de manera distinta.

Dentro de su aproximación teórica, ¿cómo caracteriza, desde la lógica adversarial, al multipolarismo, al multilateralismo y al cosmopolitismo, y cuáles serían las consecuencias de estas distinciones en el nivel internacional?

Mi idea del multipolarismo y mi crítica al cosmopolitismo es en principio que el cosmopolitismo parte de la idea de la crítica al unipolarismo que yo comparto. Porque las consecuencias actuales de que Estados Unidos sea la única potencia, aunque esto está cambiando, es nefasto. Pero la idea del cosmopolitismo es que en un mundo universal no va a haber más hegemonía, ya no más soberanía. Esto está en contradicción con toda la problemática nuestra, porque nosotros sostenemos que todo orden es hegemónico. Si uno dice que todo orden es hegemónico y critica a la vez al unipolarismo, la solución es el multipolarismo, porque con esto se pluralizan las hegemonías. Es un mundo donde existen una serie de polos regionales que son hegemónicos.

El multilateralismo es muy distinto del multipolarismo. Porque el multilateralismo es muy compatible con un mundo unipolar. El multilateralismo es una actitud que puede tener el hegemón respecto del resto del mundo. El ejemplo de los Estados Unidos. Ellos pueden tener una actitud distinta de sus aliados o decidir, nosotros imponemos la línea sin consultar. O puede tener una política multilateral donde se van a someter a discutir pero de todas maneras son ellos los que van a decidir, porque son el único hegemón. Van a multilateralizar cuando quieran y van a replegarse también cuando quieran. En un mundo multipolar eso no es posible porque hay una especie de equilibrio. Es una analogía que existe entre el nivel doméstico y el internacional. También una cuestión importante es un mundo donde no hay ningún centro. Hay un reconocimiento de parte de los otros de los distintos poderes regionales. El multipolarismo no va a eliminar la posibilidad de los conflictos, pero sí dentro de esos conflictos, los actores se van a tratar como adversarios y no como enemigos. En ese sentido se puede hablar de un mundo multipolar agonista.

Actualmente existen fuertes cuestionamientos respecto de las exclusiones en la formación misma de las naciones que interrogan sobre los consensos de valores compartidos. Es decir que hay quienes no comparten en el plano de lo nacional esos consensos, son conflictos que vuelven a tomar la forma antagónica hoy en día. El mundo muestra que no hay sólo adversarios. ¿Cómo caracterizaría esa conflictividad?

Eso está vinculado con los límites del pluralismo y el multiculturalismo. Yo estoy en favor de profundizar éste último hasta el punto en que entra en conflicto… Hay algunos pluralistas que abogan por el pluralismo legal. En una democracia es necesario que haya una malla constitucional que sea para todos. Multiculturalismo sí hasta en la medida que haya conflictos en los principios constitucionales. En eso soy muy Schmittiana. Yo creo que no puede haber conflicto alrededor de los principios constitucionales de la sociedad porque entonces se va a desintegrar. Hay que tener un acuerdo aunque después hay muchas posibilidades de diferentes interpretaciones que vamos a tener después para luchar. Pero evidentemente es una base, un acuerdo que constituye a un grupo como asociación política. Eso crea una serie de problemas con los pueblos originarios. Pero creo que como en el caso de Bolivia con el plurinacionalismo se dio una apertura adversarial para incluir a los pueblos originarios en el propio marco de reforma de los principios constitucionales. En Chile hace algunos años, a las demandas de los pueblos originarios se les decía que eran terroristas, entonces hay que tratar de ver cuáles son las instituciones que pueden incluir el conflicto que existe. Hay que reconocer las demandas sin que eso ponga en cuestión la unidad del Estado.

Usted le ha otorgado en su abordaje un lugar importante a las pasiones en relación a la construcción de una ciudadanía democrática. ¿Podría describir en qué consiste tal importancia?

Es un aspecto que destaco en mis escritos en relación a la tarea de la política democrática que se vincula con el papel divergente que tienen las pasiones y la racionalidad en la teoría política liberal. Una de las principales tareas de la política democrática no consiste en eliminar las pasiones de la vida política ni relegarlas simplemente a la esfera privada de modo tal de hacer posible el consenso racional, sino por el contrario, advertir y movilizar las pasiones de manera tal que promuevan formas democráticas. Esta apelación es hoy algo sugestivo, ya que, la propia teoría política ha tendido a menospreciar o estigmatizar las pasiones colectivas reduciéndolas a las experiencias totalitarias del siglo XX. Por ejemplo, uno de los planteos más autorizados en defensa del consenso racional es el propio Habermas (defensor del cosmopolitismo kantiano) quien sostiene que las pasiones deben ser evitadas de ocupar un lugar importante en la actividad socio política. Yo creo, por el contrario, que el éxito de los populismos de derecha en Europa se relaciona con la actitud de los partidos democráticos tradicionales que impiden la movilización de pasiones hacia objetivos democráticos. En un sentido teórico, las pasiones son ineliminables de la política. Las pasiones ponen de relieve las fuerzas afectivas de identificación que están en juego en la constitución de identidades colectivas. Se trata de pasiones colectivas que deben ser puestas en un primer plano del análisis social.

¿El abordaje teórico adversarial que usted desarrolla está vinculado, de alguna manera, con una cierta disposición ética respecto de la dinámica social?

Yo diría que es necesario distinguir entre la visión ética particular y la noción de moral kantiana como modelo universal. Pero este abordaje que yo utilizo está vinculado en todo caso con valores ético políticos. Me inscribiría en este sentido en la tradición weberiana dentro del campo político. Hay una dimensión ético política que se expresa en la necesidad de los adversarios de reconocer la diferencia. Por ejemplo, un teórico como William Conelly insiste en la categoría de respeto para el reconocimiento. Pero yo planteo ¿cuáles son los límites de ese respeto agonista? No puede haber un pluralismo total. La cuestión es establecer hasta qué punto se van a  aceptar las demandas. Diría que el mío no es un enfoque ético en toda su extensión pero si tiene una dimensión ética.

 

 

 

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

Blog at WordPress.com.

Up ↑

%d bloggers like this: